Apunte 8. Discernimiento franciscano



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2.- ALGUNAS REGLAS DEL DISCERNIMIENTO

También a nivel "reglas de discernimiento", hay que confesar, una vez más, que en Francisco no hay una formulación expresa al respecto, aunque sí una experiencia que presupone y posibilita una cierta elaboración personal de algunas reglas. De hecho una lectura atenta de las Admoniciones confrontándolas con las reglas de discernimiento de San Ignacio, San Juan de la Cruz y Santa Teresa, pone de relieve una coincidencia profunda de Francisco a este respecto con los grandes maestros de la tradición cristiana, que elaboraron de manera refleja y sistematizada su experiencia del discernimientos'

Su punto de partida es, que la voluntad de Dios y su acción son en sí mismas inobjetivables, sólo indirectamente, en sus frutos podemos percibir la voluntad de Dios y su acción: en las mociones (los movimientos interiores) y en las propias obras.

Sin pretensión alguna de ser exhaustivos, he aquí algunas de las "reglas de discernimiento" que parecen estar, al menos de manera intuitiva, tras la práctica del mismo en Francisco:

a) El discernimiento ha de hacerse siempre desde un conjunto de signos, el mayor número posible, no basta un sólo signo. Ésta es, como hemos visto, una de las reglas más evidentes de su "Tratado" de discernimiento: Todo criterio necesita ser discernido por los demás; no hay criterio absoluto e inequívoco; y sólo la convergencia de criterios permite llegar a las certezas de fe -que no seguridades psicológicas- que llevan a la acción en el discernimiento.

b) Lo de Dios cuesta pero pacifica. Por ello en el discernimiento hay que evitar un doble extremo: por una parte, confundir sacrificio y obra del Espíritu, en virtud de lo cual cuánto más cuestan las cosas más son signo del Espíritu; y por otra, pensar que sólo lo que fluye espontáneamente, sin trabajo ni dolor, es fruto del Espíritu: "Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que padecen en este mundo, conservan la paz en su alma y en su cuerpo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo" (Adm 15).

La mesa del Seņor, la limosna

Las cosas de Dios siempre cuestan, pero pacifican; frecuentemente hacen sufrir, pero liberan por dentro. De aquí se deriva un tercer criterio:

c) No es obra del Espíritu, aunque tenga la mejor apariencia y lo acompañen las mejores razones y las más evangélicas, lo que habitualmente produce desazón, miedo, dureza interior, agresividad y rechazo: "Nada debe disgustar al siervo de Dios, fuera del pecado. Y sea cual sea el pecado que una persona cometa, si el siervo de Dios, no teniendo caridad, se turba y se aira por ello, atesora para sí culpas" (Adm 11).

d) Lo de Dios suele distinguirse por la «síntesis de contrarios» que realiza; síntesis entre conciencia del propio límite y confianza en Dios, autonomía y obediencia, radicalismo y ausencia de todo rigorismo, libertad crítica y comunión, conciencia del propio pecado y confianza incondicional en la misericordia de Dios,... "En esto puede conocer el siervo de Dios si tiene el Espíritu del Señor: si cuando el Señor obra por medio de él algo bueno, no por ello se enaltece su carne, siempre opuesta a todo lo bueno, sino más bien se ve a sí mismo más vil y se estima menor que todos los demás hombres" (Adm 12)

e) El "mal espíritu» se alimenta de razones espirituales pero son turbio, sus fines". Nuestro inconsciente y nuestro super yo son frecuentemente fuente de profundos engaños e inautenticidad en nuestras vidas, en las que actúan solapadamente presentando a nivel de conciencia razone: nobilísimas y altamente espirituales para hacer las cosas; cuando no rara, veces las motivaciones ocultas son otras y muy otras, y a veces opuestas lo cual exige, pues, una gran vigilancia sobre sí mismo para andar en ver. dad, dando a lo que uno vive y siente su propio nombre: "Hay mucho que, entregados a la oración y las devociones, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero por una sola palabra qué parece ser injuriosa para su propio yo, o por cualquier cosa que se les quita, se escandalizan enseguida y se alteran. Estos tales no son pobres de espíritu" (Adm 14).

Esta Admonición de Francisco recoge la tradición de los antiguos maestros espirituales, según la cual las tentaciones peores son las que se presentan con apariencia de bien . Lo religioso se presta siempre a engaño, lo mejor suele estar muy cerca de lo peor, por lo que hay que alimentar siempre una sana sospecha; es más, "las tentaciones", a medida que se avanza en el camino espiritual, son cada vez más sutiles: y así, la vanagloria, que la persona que se inicia en el camino del Espíritu comienza a ver como algo torpe en sus formas más burdas, ahora puede esconderse baje apariencia de celo pastoral, entrega generosa e incondicional,..." ; la persona puede parecer altamente ejemplar; y sin embargo, cuando las cosas no salen o no se hacen como ella quiere, "enseguida se altera y se turba", con lo que, tras aquello que parecía puro celo por el Reino, aparecen las formas más variadas de narcisismo, invertido en sus formas.