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2.- ALGUNAS REGLAS DEL DISCERNIMIENTO
También a nivel "reglas de discernimiento", hay que
confesar, una vez más, que en Francisco no hay una formulación
expresa al respecto, aunque sí una experiencia que presupone y
posibilita una cierta elaboración personal de algunas reglas. De
hecho una lectura atenta de las Admoniciones confrontándolas con
las reglas de discernimiento de San Ignacio, San Juan de la Cruz y Santa
Teresa, pone de relieve una coincidencia profunda de Francisco a este
respecto con los grandes maestros de la tradición cristiana, que
elaboraron de manera refleja y sistematizada su experiencia del discernimientos'
Su punto de partida es, que la voluntad de Dios y su acción son
en sí mismas inobjetivables, sólo indirectamente, en sus
frutos podemos percibir la voluntad de Dios y su acción: en las
mociones (los movimientos interiores) y en las propias obras.
Sin pretensión alguna de ser exhaustivos, he aquí algunas
de las "reglas de discernimiento" que parecen estar, al menos
de manera intuitiva, tras la práctica del mismo en Francisco:
a) El discernimiento
ha de hacerse siempre desde un conjunto de signos,
el mayor número posible, no basta un sólo signo. Ésta
es, como hemos visto, una de las reglas más evidentes de su "Tratado"
de discernimiento: Todo criterio necesita ser discernido por los demás;
no hay criterio absoluto e inequívoco; y sólo la convergencia
de criterios permite llegar a las certezas de fe -que no seguridades
psicológicas- que llevan a la acción en el discernimiento.
b) Lo de Dios
cuesta pero pacifica. Por ello en el discernimiento
hay que evitar un doble extremo: por una parte, confundir sacrificio
y obra del Espíritu, en virtud de lo cual cuánto más
cuestan las cosas más son signo del Espíritu; y por otra,
pensar que sólo lo que fluye espontáneamente, sin trabajo
ni dolor, es fruto del Espíritu: "Son
verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las
cosas que padecen en este mundo, conservan la paz en su alma y en su
cuerpo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo"
(Adm 15).

La mesa del Seņor, la limosna
Las cosas de Dios siempre cuestan, pero pacifican; frecuentemente hacen
sufrir, pero liberan por dentro. De aquí se deriva un tercer criterio:
c) No es obra
del Espíritu, aunque tenga la mejor apariencia y lo acompañen
las mejores razones y las más evangélicas, lo
que habitualmente produce desazón, miedo, dureza interior,
agresividad y rechazo: "Nada
debe disgustar al siervo de Dios, fuera del pecado. Y sea cual sea el
pecado que una persona cometa, si el siervo de Dios, no teniendo caridad,
se turba y se aira por ello, atesora para sí culpas"
(Adm 11).
d) Lo de Dios
suele distinguirse por la «síntesis de contrarios»
que realiza; síntesis entre conciencia del propio límite
y confianza en Dios, autonomía y obediencia, radicalismo y ausencia
de todo rigorismo, libertad crítica y comunión, conciencia
del propio pecado y confianza incondicional en la misericordia de Dios,...
"En esto puede conocer el siervo
de Dios si tiene el Espíritu del Señor: si cuando el Señor
obra por medio de él algo bueno, no por ello se enaltece su carne,
siempre opuesta a todo lo bueno, sino más bien se ve a sí
mismo más vil y se estima menor que todos los demás hombres"
(Adm 12)
e) El "mal
espíritu» se alimenta de razones espirituales pero son
turbio, sus fines". Nuestro inconsciente y nuestro super yo son
frecuentemente fuente de profundos engaños e inautenticidad en
nuestras vidas, en las que actúan solapadamente presentando a
nivel de conciencia razone: nobilísimas y altamente espirituales
para hacer las cosas; cuando no rara, veces las motivaciones ocultas
son otras y muy otras, y a veces opuestas lo cual exige, pues, una gran
vigilancia sobre sí mismo para andar en ver. dad, dando a lo
que uno vive y siente su propio nombre: "Hay
mucho que, entregados a la oración y las devociones, hacen muchas
abstinencias y mortificaciones corporales, pero por una sola palabra
qué parece ser injuriosa para su propio yo, o por cualquier cosa
que se les quita, se escandalizan enseguida y se alteran. Estos tales
no son pobres de espíritu" (Adm 14).
Esta Admonición de Francisco recoge la tradición de los
antiguos maestros espirituales, según la cual las tentaciones peores
son las que se presentan con apariencia de bien . Lo religioso se presta
siempre a engaño, lo mejor suele estar muy cerca de lo peor, por
lo que hay que alimentar siempre una sana sospecha; es más, "las
tentaciones", a medida que se avanza en el camino espiritual, son
cada vez más sutiles: y así, la vanagloria, que la persona
que se inicia en el camino del Espíritu comienza a ver como algo
torpe en sus formas más burdas, ahora puede esconderse baje apariencia
de celo pastoral, entrega generosa e incondicional,..." ; la persona
puede parecer altamente ejemplar; y sin embargo, cuando las cosas no salen
o no se hacen como ella quiere, "enseguida se altera y se turba",
con lo que, tras aquello que parecía puro celo por el Reino, aparecen
las formas más variadas de narcisismo, invertido en sus formas.
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