Apunte 8. Discernimiento franciscano



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1.2.- El amor gratuito

Un segundo y determinante criterio de discernimiento -segundo no quiere decir menos importante- es el amor, y el amor en su doble vertiente: el amor a Dios y el amor a los hermanos, vividos, desde la originalidad de lo cristiano, como un sólo amor.

a) El amor a Dios

Francisco, evidentemente, se sitúa aquí en la óptica cristiana del Nuevo Testamento. La existencia cristiana está radicalmente fundada en el amor primero de Dios, en su gracia salvadora, en su misericordia entrañable, hecha manifiesta en la entrega a la muerte de Jesús el Hijo. Sobre este amor radical y primero se funda la existencia evangélica de los Hermanos Menores, y la incondicionalidad y radicalidad de su entrega (cf.1R 23,8).

Por eso criterio determinante de discernimiento sobre la fidelidad al Espíritu en el seguimiento de las huellas de Cristo y de la acción del Espíritu en el hermano Menor será siempre el amor a Dios, que -aunque criterio de discernimiento- necesita también ser contrastado y discernido. Francisco ofrece un signo de discernimiento del verdadero amor a Dios: el amor en la cruz y el sufrimiento (cf. Adms 15,2; 9,3).

b) El amor al hermano

Fiel a la originalidad de la experiencia cristiana, y en la coherencia interna de su proyecto, Francisco trata continuamente de desenmascarar en su hermanos, la falsa pretensión espiritualista de quien vive la experiencia y la «ascensión espiritual» como liberación de lo sensible, incluido el hombre hermano y su sufrimiento. La experiencia espiritual franciscana es siempre una experiencia de fraternidad y comunión, por ello tiene como criterio de discernimiento de la propia fidelidad vocacional y del amor a Dios el «amo de verdad y con obras» al hermano (cf. Adm 9), que no se mide sobre mínimos sino sobre los máximos posibles, desde la búsqueda creativa d aquello que más le agrada y conviene. En esta misma línea se mueven nuestras CC.GG. que, más allá del sin fin de sus referencias concretas (ci CC.GG.38; 40; 42,1;44;...) han hecho suyo el modelo "fraternitas" de Francisco y su Regla.

El amor, y no la obediencia..., que ha de ser sometida también al criterio supremo del amor: la obediencia según el Espíritu en la vida franciscana es siempre «obediencia caritativa»: «Señora santa caridad, el Señor te salve con tu hermana la santa obediencia» (SalVir 3).

No podemos detenernos en ello y en sus implicaciones y problemática práctica. Bástenos dejar constancia de dos cosas: que la concepción franciscana de la obediencia no hace de la desapropiación un principio ascético en virtud del cual los hermanos tendrían que obedecer incondicionalmente; no es un principio ascético sino de discernimiento; y, en segundo lugar, que el criterio de discernimiento de si uno anda franciscanamente en obediencia es éste: si es capaz de hacer la síntesis entre obediencia a los ministros y fidelidad a la propia conciencia, en e amor que entrega la propia vida por los hermanos: que, estando dispuesto a obedecer, si uno tiene que atender a su propia conciencia por encima de la voluntad del ministro, no se separa de él, le «ama más por Dios»; y en el momento en que está plenamente disponible para hacer lo que dice el ministro, no lo hace por simple seguridad o ciega sumisión, sino «que entrega su alma a sus hermanos» por amor, en libertad y discernimiento (cf. Adm 3).

El amor es criterio determinante del discernimiento, pero, ¿cómo saber si es verdadero amor? También el amor tiene su propio criterio de discernimiento: la gratuidad. Francisco define el principio de la gratuidad en las relaciones fraternas de los hermanos sobre todo en relación con los enfermos y los pecadores (IR 5,7-8;2R 6,9): porque la fraternidad es don en sí misma, sin otra justificación que el ser hermanos, el enfermo, el pecador, el problemático nos ofrece una ocasión privilegiada para vivir la fraternidad, y se convierte en lugar privilegiado de discernimiento de nuestra vida fraterna.

Una de las mejores formulaciones al respecto la hallamos en la Adm 24, que lleva el sugestivo título: «El verdadero amor»: «Dichoso el hermano que ama tanto a su hermano cuando está enfermo y no puede corresponderle, como cuando está sano y puede hacerlo». El verdadero amor fraterno en la vida franciscana, el que nace del Espíritu, tiene, pues, un signo inconfundible: la gratuidad. Y en ese discernimiento siempre al límite, Francisco ofrece en la Adm 9 un lugar extremo de discernimiento de la gratuidad del verdadero amor: el amor al enemigo.

1.3.- La humildad agradecida y solidaria

Es éste, junto con la obediencia, un criterio de discernimiento de espíritus al que la espiritualidad tradicional concedió una excepcional importancia y hasta un primado. Detrás de ello había y hay una percepción particularmente certera de la experiencia espiritual: «sin la humildad Dios no hace su obra, r por más maravillas que hayamos hecho. La humildad es como el subsuelo de la vida espiritual, el «humus» de las virtudes teologales».

El error quizá haya estado en confundir la humildad con sus sucedáneos, y especialmente la auto-humillación y la inhibición. La humildad «no es cuestión de actos de auto-humillación sino de verdades: la verdad de nuestra finitud, la verdad de nuestros montajes, la verdad de nuestro pecado, y la verdad del amor infinito de Dios. Y, por lo mismo, la humildad verdadera está hecha también de aceptación propia en la autoestima, de autoconciencia de dignidad. de agradecimiento de audacia y de esperanza».

Hoy, por otra parte, nos hemos hecho mucho más cautos a este respecto, porque al recurrir al análisis crítico en el discernimiento (y particularmente partir de la sicología) hemos descubierto la gran dosis de mentira e inautenticidad que puede esconderse tras una humildad impecable en su exterior: el narcisismo invertido en sus formas, el cultivo enfermizo de la propia imagen a través de actos de auto-humillación, etc; y cómo lo que llamaren humildad como virtud ascética (abajamiento impuesto como imperativo ético) no rara vez quiebra la autoestima básica o es fruto de ella -sin la cual hombre no crece autónomo y libre-, con lo que queda profundamente condicionada la vida del espíritu.

1.4.- ¿Qué dice Francisco al respecto?

Ante todo hay que afirmar que la humildad encuentra un puesto destacable, cuantitativamente hablando, entre los criterios de discernimiento de espíritus en las Admoniciones. En realidad no podía ser de otro modo, tanto desde 1 determinante que es en sí la humildad en la experiencia espiritual, como de de la centralidad que ocupa la minoridad -que es a un tiempo realidad sociológica y espiritual- en el proyecto de vida franciscano.

Ya dejaba Francisco intuir esta centralidad de la humildad en la experiencia espiritual y vocacional franciscana cuando en el corazón de la Regla uní como aspiración máxima de los hermanos: «Tener el espíritu del Señor y santa operación y orar continuamente al Señor con un corazón puro», y «tener humildad» (2R 10,9); y lo mismo cuando condensa, al foral de la Regla, los centros de fidelidad de esta vida, lo hacía en los términos de «seguir la pobreza y humildad de N.S.J.C.» (2R 12,4).

A lo largo de las Admoniciones Francisco describe los rasgos de la verdadera humildad. Es verdadera humildad aquella en la que se dan a un tiempo las siguientes características:

a) anda en verdad, es decir acepta positivamente la propia realidad personal y creatural, que es indigencia y riqueza, pecado y gracia (cf. Adir 5; 19; CC.GG. 34,1; 65);

b) es menor, es decir, se vive en el servicio humilde a los hermanos, prefiere servicio a poder, entrega verdadera a prestigio (cf. Adms 19,4; 12,2; CC.GG. 42; 66; 91);

c) es fraterna: es decir, está hecha de aceptación del otro en su grandeza y en su mismo pecado (cf. Adm 11); y no se cierra a la corrección, es más, la acepta positivamente (cf. Adm 22,1; CC.GG. 33,1; 99);

d) y, finalmente, es agradecida: acepta y reconoce el don de Dios y a él lo refiere y lo restituye (cf. Adms 18,2; 11,4; 23, 1-2; CC.GG. 20), y acepta y reconoce en la gratuidad el don del hermano (cf. Adms 24; 25; CC.GG. 40; 44).

Las Cartas de Francisco al Ministro y al Hermano León llaman la atención sobre un posible equívoco: confundir la humildad-minoridad con la debilidad, o con la no-responsabilidad o falta de compromiso personal.

Pero al igual que los demás criterios de discernimiento en Francisco, también la humildad de espíritu necesita ser discernida desde el amor y la cruz (cf. Adms 17,1;13,2-3).

Francisco predica en el mercado de Asís

1.4.- La verdadera alegría

Miramos al relato-alegoría de la Verdadera alegría, que justamente va colocado entre los Avisos espirituales junto con las Admoniciones, y que desde el punto de vista de su contenido tiene, a mi juicio, un doble valor más importante:

el primero, su carácter "autobiográfico", sólo comparable al Testamento del santo, auque en nuestro caso el lenguaje no sea el de la descripción histórica de unos hechos, sino alegórico-simbólico;

el segundo, y la aportación más específica de la Verdadera alegría entre los escritos de Francisco, su carácter de reafirmación, e incluso de reivindicación por parte del santo de su particular comprensión de "la forma del santo evangelio" y la propuesta de los criterios de discernimiento de la fidelidad al Espíritu en el seguimiento de las huellas de Cristo. Es a este respecto uno de los textos más significativos de sus escritos.

Efectivamente, a las palabras de Francisco "En esto no está la verdadera alegría" les podemos encontrar un primer sentido en la conclusión de la Adm 5; «Todas estas cosas te son contraproducentes, y ninguna de ellas te pertenece, y de ninguna de ellas puedes gloriarte». Pero cabe también ver en ellas un segundo sentido, complementario, y explicación, a su vez, de las razones del rechazo de Francisco. Lo encontramos en la confrontación de los dos bloques temáticos: Los sujetos respectivos -la Orden y Francisco-, aparecen marcados por diferentes concepciones de la vida y la identidad franciscana, de la misión y el servicio eclesial de los hermanos.

Está, por una parte, la Orden, cautivada por la seguridad del orden jurídico-religioso, objeto incipiente de un status de poder, prestigio e influencia social; y por otra, Francisco, el hermano, mendigo y menor, que desde el ejemplo afirma el ideal y la originalidad de su inspiración: el sitio y ser de los hermanos en la Iglesia es el ser menores, seguir «la pobreza y humildad y el santo evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2R 12,4), quien en su encarnación, eligió un mesianismo en la renuncia al uso de Dios en beneficio propio, al tener, y a poder y a la sombra huidiza de la gloria humana, en virtud de su ser el Siervo frente a un mesianismo fácil, de eficacia, en clave de poder y de prestigio desde una imagen de Dios como poder que somete y sustituye al hombre que propone Satán.

Aunque haya que considerar en bloque las diversas imágenes de la primera parte (vv.4-6) porque traducen un único mensaje -la tentación-orientación de la Orden en función del poder y el prestigio institucional-, la diversidad de cada una de ellas permite marcar diferentes acentos:

a) No está la verdadera alegría, que nace de la fidelidad al Espíritu en el seguimiento de las huellas de Cristo según "la forma del santo evangelio", en la orientación de la Orden, y por consiguiente de cada uno de los hermanos, por los caminos de poder y prestigio institucional desde un aprecio unilateral de la ciencia (v.4), que pone en peligro la fidelidad de los hermanos a la forma de vida según el evangelio, en la fraternidad, 1, sencillez y minoridad (ad intra: distinción de clases o status...) y ad extra

b) No se halla tampoco la verdadera alegría y la fidelidad al Espíritu, en la búsqueda del poder y el prestigio institucional por parte de la Orden por los caminos de la influencia religiosa y sociopolítica (v.5), en abierto contraste con la ausencia de poder material y espiritual de los menores, que Francisco personifica y a quien. los hermanos desprecian porque «somos tantos y tales que no te necesitamos» (v.11).

c) Tampoco se encuentra la verdadera alegría en la búsqueda del poder y el prestigio institucional, por las vías del éxito apostólico o en la santidad del fundador de la Orden (v. 6), afirmando la prioridad del hacer sobre el sencillo testimonio de vida, de la admiración sobre el seguimiento.

d) En la respuesta primera del hermano portero - «no es hora decente para andar de camino» (v.10)- podemos descubrir todavía una cuarta tentación-orientación de la Orden, desautorizada también como signo contrario a la acción del Espíritu: la tentación de la seguridad del orden jurídico-religioso, frente a la dinámica del evangelio, el discernimiento y la creatividad que entraña el ser menores, siempre atentos a la voluntad sorpresiva de Dios, y el principio de la fraternidad (cf. 1R 7,13-14; 2R 6,7-8).

Sin olvidar sus lógicos aspectos positivos -no se trata de hacer una lectura unilateral del relato leyéndolo como un rechazo de la ciencia, de la eficacia apostólica, del poder influir en las estructuras para transformar nuestro mundo según el evangelio-, Francisco fija como criterio de discernimiento de la fidelidad al Espíritu y su acción en cada uno de los hermanos y en la Orden, la verdadera alegría, que está en la fidelidad a la forma del santo evangelio, que en la conducta de Francisco se presenta dialécticamente radicalizada y en su forma extrema: el sufrimiento, el rechazo, la desapropiación y la pobreza al límite, el amor que prefiere persecución antes que abandonar a los hermanos: La Verdadera alegría de los Hermanos Menores, como fruto del Espíritu, es la que brota de la fidelidad al ideal evangélico de pobreza-minoridad, a la fraternidad; de la afirmación, desde la propia conducta de Francisco y su palabra, de una vida según el espíritu de las bienaventuranzas, como la primera y principal misión de los hermanos, antes que la posibilidad de influir en el mundo por la calidad de su saber, su predicación, su influencia religiosa o sociopolitica,... (cf. 2R3,10-11).

En esta misma línea se mueven también, a nivel teórico y práctico y como lugar de discernimiento, nuestras actuales CC.GG.: la propuesta de vida franciscana y las claves para el discernimiento de la misma que subyacen al relato de la Verdadera alegría configuran su mismo modelo de misión-evangelización, según se desprende claramente de la lectura de los cc. 4 v 5.

Pero, al igual que el resto de los criterios de discernimiento vistos anteriormente, la verdadera alegría necesita también ser discernida: no es alegría verdadera si su soporte no es otro que el de la mera autenticidad ética que opta por el radicalismo evangélico; es verdadera si aparece informada por la desapropiación, el amor gratuito y la humildad-minoridad solidaria.