Apunte 8. Discernimiento franciscano



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4.- SUJETOS DEL DISCERNIMIENTO

Comencemos diciendo algo que, no por evidente, conviene dar por supuesto: para Francisco, como para todo maestro del discernimiento, el Espíritu Santo es el verdadero protagonista y agente del discernimiento espiritual, y en ello es particularmente explícito como ya hemos visto, que lleva a cabo su acción a través de una serie de mediaciones, sujetos del discernimiento también a este respecto la gracia nunca es pura gracia.

Frente a otras tradiciones espirituales y del discernimiento, en las que éste queda de alguna manera reservado a la autoridad y al súbdito la obediencia, - habiendo llegado a acuñar el principio: "el que obedece nunca peca"-, la experiencia de vida franciscana, en razón del protagonismo que en ella tiene el discernimiento y dada su opción por la fraternidad en la reciprocidad y la igualdad, el discernimiento no queda reservado a los ministros, cual si tratara de una mediación sacral o vicarial de la voluntad de Dios: es exigencia de las fraternidades y de cada uno de los hermanos, que ha de confrontarlo con los demás y particularmente con los ministros, dada su especial responsabilidad en la vida fraterna y orden a la común fidelidad a la forma de vida.

a) Cada uno de los hermanos

La opción por la fraternidad en la igualdad y la reciprocidad, como realidad relacional y concreto modelo de vida comunitaria, no se limitan a la relación interpersonal, sino que tienen también su traducción en otros campos, y entre ellos, y ciertamente no secundario, el discernimiento de la, voluntad de Dios y su acción y sobre la fidelidad personal y fraterna a común proyecto de vida, derecho-deber de cada uno de los hermanos. La Regla lo sanciona al hablar del recurso espiritual y en otros lugares como ya hemos visto. De aquí la creatividad y la responsabilidad personal y fraterna de la propia obediencia, que incluye la necesidad de asumir un posible conflicto en el discernimiento al tener que hacerse éste a diversos niveles e instancias (cf. Adm 3,5-9).

Un texto maestro a este respecto es la Carta al hermano León, con la que el santo sale al encuentro de su compañero que está atravesando un momento de dificultad, por un problema de conciencia, o por inseguridad o escrúpulos. El santo le escribe para serenar su espíritu, recordándole lo ya dicho, que para mayor claridad le resume en estas palabras: «Que hagas [hagáis] con la bendición de Dios y mi obediencia, como mejor te parezca que agradas al Señor Dios y sigues sus huellas y pobreza». Francisco, pues, fuerza a León a asumir su propia libertad y responsabilidad en el discernimiento y en la decisión, limitándose a recordarle el marco de referencias: lo que agrada al Señor, y su vocación evangélica de seguimiento de Cristo Siervo.

b) La fraternidad

El «sacramentum fratris» es en la experiencia franciscana «lugar» determinante de discernimiento. No podía ser de otro modo desde el momento en que la fraternidad define de manera determinante la identidad franciscana como forma de vida tanto en Francisco y su Regla como en la relectura que del proyecto de vida en ella descrito hacen nuestras la CC.GG.

Hay que constatar, sin embargo, que tanto en la Regla como en la CC.GG. -debido sobre todo a la falta de una verdadera tradición de discernimiento en la Orden - hay a este respecto, aunque no sólo a este respecto, una desproporción real entre la apuesta decidida por la fraternidad como elemento que define la identidad franciscana -y por lo mismo su protagonismo en el discernimiento sobre la fidelidad a la forma del santo evangelio-, las mediaciones prácticas que ofrecen al respecto, que prácticamente quedan reducidas a una (no contemplan expresamente ni siquiera el proyecto comunitario): el Capítulo a sus diversos niveles, y sin incidir mayormente en su misión en orden al discernimiento, salvo en lo que se refiere a discernir ("examinare") "si la actuación de la Orden (a nivel general, provincial y local) en cuanto a la selección de tareas, formas concretas de acción y efectividad del testimonio, responde a las exigencias del tiempo actual y de la labor evangelizadora franciscana, y señalar caminos y normas idóneos para fomentar el apostolado" (CC. GG. 112,1).

Se impone, pues, por pura coherencia interna y fidelidad a la propia identidad franciscana, no olvidar esta dimensión en nuestra teorización y práctica del discernimiento, y multiplicar nuestros esfuerzos por hacer verdad el principio general que establecen las CC.GG. al hablar del voto de obediencia (art. 7,3) ("Los hermanos 'por caridad de espíritu sírvanse y obedézcanse voluntariamente unos a otros', buscando juntos los signos de la voluntad de Dios"), y por crecer en la experiencia del discernimiento fraterno, sobre todo hoy "que las mediaciones de autoridad ya no tienen fuerza renovadora de otras épocas, y hay que recrear mediaciones que respondan a dinámicas en que las personas y grupos tienen la iniciativa principal".

La perfecta alegrķa

c) Los ministros

En la vida franciscana, en una de esas síntesis de madurez que hacen más apremiante la práctica del discernimiento y son fruto de él, al tiempo que la autoridad aparece desacralizada -que no por ello minusvalorada- (no es poder sagrado, ni siquiera poder carismático de discernimiento que garantizaría la voluntad de Dios, y se justifica, lo mismo que la obediencia a ella, desde el seguimiento de Cristo Siervo, en la minoridad y la fraternidad), se radicaliza su función de animación espiritual -que no "dirección espiritual"-, y acompañamiento "con la máxima reverencia del misterio de Dios inherente a cada persona con sus particulares dones", vía discernimiento, estimulando y cultivando el sentido de la responsabilidad y creatividad (CC.GG. 129).

En efecto, entre los rasgos que definen la figura de la autoridad en los escritos de Francisco y particularmente en su Regla, destacan dos:

1.- El ministro es el hombre del memorial, de la continua llamada a la fidelidad creativa e incondicional de los hermanos y las fraternidades a la forma del santo evangelio, de donde nace la tarea del ministro de amonestar (moneo, traer a la memoria), que lleva implícita la corrección, y de confortar: infundir ánimo, favorecer y urgir la propia responsabilidad: "Los hermanos que han sido constituidos ministros y siervos de los demás hermanos visítenlos frecuentemente, amonéstenlos y confórtenlos espiritualmente" (1R 4,2), y corríjanlos humilde y caritativamente, no mandándoles cosa alguna que vaya en contra de su alma y de nuestra regla" (2R 10,1).

2.- El segundo rasgo, y en relación directa con el anterior, que destaca en la figura del ministro prevista en la Regla es la del discernimiento de los caminos de fidelidad a la voluntad de Dios y a la forma del santo evangelio en cada una de las situaciones en que vengan a encontrarse los hermanos y las fraternidades, y por ello ha de ser no sólo un hombre de espíritu, sino también el hombre de la acogida, de la escucha, del respeto profundo por cada uno de los hermanos tal como el Señor lo sitúa en su vida y con sus exigencias, de la aceptación de lo concreto con sus posibilidades reales de crecimiento.

Especialmente elocuente al respecto es el texto antes citado de 1R 16: El discernimiento de la inspiración divina de cada uno de los hermanos ha de ser acompañado y secundado por el discernimiento del ministro, que "tendrá que dar cuenta al Señor si en esto o en otras cosas procede sin discernimiento" (1R 16,4; cf. 1R 17,2; 2R 12,2). En el mismo sentido pueden leerse otros muchos textos de la Regla (cf. 1R 5,5-6; 17,2; 2R 2,2), y en especial lo que dice la Regla bulada al hablar del recurso espiritual de los hermanos (cf. 2R10,4-6). Y el discernimiento es la primera cualidad de la radiografía espiritual, que según Celano hace Francisco del ministro ideal: "A él sobre todo, toca discernir las conciencias que se cierran, y descubrir la verdad oculta en los pliegues más íntimos" (2Cel 186).