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4.- SUJETOS DEL DISCERNIMIENTO
Comencemos diciendo algo que, no por evidente, conviene dar por supuesto:
para Francisco, como para todo maestro del discernimiento, el Espíritu
Santo es el verdadero protagonista y agente del discernimiento espiritual,
y en ello es particularmente explícito como ya hemos visto, que
lleva a cabo su acción a través de una serie de mediaciones,
sujetos del discernimiento también a este respecto la gracia nunca
es pura gracia.
Frente a otras tradiciones espirituales y del discernimiento, en las
que éste queda de alguna manera reservado a la autoridad y al súbdito
la obediencia, - habiendo llegado a acuñar el principio: "el
que obedece nunca peca"-, la experiencia de vida franciscana, en
razón del protagonismo que en ella tiene el discernimiento y dada
su opción por la fraternidad en la reciprocidad y la igualdad,
el discernimiento no queda reservado a los ministros, cual si tratara
de una mediación sacral o vicarial de la voluntad de Dios: es exigencia
de las fraternidades y de cada uno de los hermanos, que ha de confrontarlo
con los demás y particularmente con los ministros, dada su especial
responsabilidad en la vida fraterna y orden a la común fidelidad
a la forma de vida.
a) Cada uno de los hermanos
La opción por la fraternidad en la igualdad y la reciprocidad,
como realidad relacional y concreto modelo de vida comunitaria, no se
limitan a la relación interpersonal, sino que tienen también
su traducción en otros campos, y entre ellos, y ciertamente no
secundario, el discernimiento de la, voluntad de Dios y su acción
y sobre la fidelidad personal y fraterna a común proyecto de
vida, derecho-deber de cada uno de los hermanos. La Regla lo sanciona
al hablar del recurso espiritual y en otros lugares como ya hemos visto.
De aquí la creatividad y la responsabilidad personal y fraterna
de la propia obediencia, que incluye la necesidad de asumir un posible
conflicto en el discernimiento al tener que hacerse éste a diversos
niveles e instancias (cf. Adm 3,5-9).
Un texto maestro a este respecto es la Carta al hermano León,
con la que el santo sale al encuentro de su compañero que está
atravesando un momento de dificultad, por un problema de conciencia,
o por inseguridad o escrúpulos. El santo le escribe para serenar
su espíritu, recordándole lo ya dicho, que para mayor
claridad le resume en estas palabras: «Que
hagas [hagáis] con
la bendición de Dios y mi obediencia, como mejor te parezca que
agradas al Señor Dios y sigues sus huellas y pobreza».
Francisco, pues, fuerza a León a asumir su propia libertad y
responsabilidad en el discernimiento y en la decisión, limitándose
a recordarle el marco de referencias: lo que agrada al Señor,
y su vocación evangélica de seguimiento de Cristo Siervo.
b) La fraternidad
El «sacramentum fratris» es en la experiencia franciscana
«lugar» determinante de discernimiento. No podía
ser de otro modo desde el momento en que la fraternidad define de manera
determinante la identidad franciscana como forma de vida tanto en Francisco
y su Regla como en la relectura que del proyecto de vida en ella descrito
hacen nuestras la CC.GG.
Hay que constatar, sin embargo, que tanto en la Regla como en la CC.GG.
-debido sobre todo a la falta de una verdadera tradición de discernimiento
en la Orden - hay a este respecto, aunque no sólo a este respecto,
una desproporción real entre la apuesta decidida por la fraternidad
como elemento que define la identidad franciscana -y por lo mismo su
protagonismo en el discernimiento sobre la fidelidad a la forma del
santo evangelio-, las mediaciones prácticas que ofrecen al respecto,
que prácticamente quedan reducidas a una (no contemplan expresamente
ni siquiera el proyecto comunitario): el Capítulo a sus diversos
niveles, y sin incidir mayormente en su misión en orden al discernimiento,
salvo en lo que se refiere a discernir ("examinare") "si
la actuación de la Orden (a nivel general, provincial y local)
en cuanto a la selección de tareas, formas concretas de acción
y efectividad del testimonio, responde a las exigencias del tiempo actual
y de la labor evangelizadora franciscana, y señalar caminos y
normas idóneos para fomentar el apostolado" (CC. GG. 112,1).
Se impone, pues, por pura coherencia interna y fidelidad a la propia
identidad franciscana, no olvidar esta dimensión en nuestra teorización
y práctica del discernimiento, y multiplicar nuestros esfuerzos
por hacer verdad el principio general que establecen las CC.GG. al hablar
del voto de obediencia (art. 7,3) ("Los hermanos 'por caridad de
espíritu sírvanse y obedézcanse voluntariamente unos
a otros', buscando juntos los signos de la voluntad de Dios"), y
por crecer en la experiencia del discernimiento fraterno, sobre todo hoy
"que las mediaciones de autoridad ya no tienen fuerza renovadora
de otras épocas, y hay que recrear mediaciones que respondan a
dinámicas en que las personas y grupos tienen la iniciativa principal".

La perfecta alegrķa
c) Los ministros
En la vida franciscana, en una de esas síntesis de madurez que
hacen más apremiante la práctica del discernimiento y
son fruto de él, al tiempo que la autoridad aparece desacralizada
-que no por ello minusvalorada- (no es poder sagrado, ni siquiera poder
carismático de discernimiento que garantizaría la voluntad
de Dios, y se justifica, lo mismo que la obediencia a ella, desde el
seguimiento de Cristo Siervo, en la minoridad y la fraternidad), se
radicaliza su función de animación espiritual -que no
"dirección espiritual"-, y acompañamiento "con
la máxima reverencia del misterio de Dios inherente a cada persona
con sus particulares dones", vía discernimiento, estimulando
y cultivando el sentido de la responsabilidad y creatividad (CC.GG.
129).
En efecto, entre los rasgos que definen la figura de la autoridad en
los escritos de Francisco y particularmente en su Regla, destacan dos:
1.- El ministro es el hombre del memorial, de la
continua llamada a la fidelidad creativa e incondicional de los hermanos
y las fraternidades a la forma del santo evangelio, de donde nace la
tarea del ministro de amonestar (moneo, traer a la memoria), que lleva
implícita la corrección, y de confortar: infundir ánimo,
favorecer y urgir la propia responsabilidad: "Los
hermanos que han sido constituidos ministros y siervos de los demás
hermanos visítenlos frecuentemente, amonéstenlos y confórtenlos
espiritualmente" (1R 4,2),
y corríjanlos humilde y caritativamente, no mandándoles
cosa alguna que vaya en contra de su alma y de nuestra regla"
(2R 10,1).
2.- El segundo rasgo, y en relación directa
con el anterior, que destaca en la figura del ministro prevista
en la Regla es la del discernimiento de los caminos de fidelidad
a la voluntad de Dios y a la forma del santo evangelio en cada una de
las situaciones en que vengan a encontrarse los hermanos y las fraternidades,
y por ello ha de ser no sólo un hombre de espíritu, sino
también el hombre de la acogida, de la escucha, del respeto profundo
por cada uno de los hermanos tal como el Señor lo sitúa
en su vida y con sus exigencias, de la aceptación de lo concreto
con sus posibilidades reales de crecimiento.
Especialmente elocuente al respecto es el texto antes citado de 1R
16: El discernimiento de la inspiración divina de cada uno de
los hermanos ha de ser acompañado y secundado por el discernimiento
del ministro, que "tendrá
que dar cuenta al Señor si en esto o en otras cosas procede sin
discernimiento" (1R 16,4; cf. 1R 17,2; 2R
12,2). En el mismo sentido pueden leerse otros muchos textos de la Regla
(cf. 1R 5,5-6; 17,2; 2R 2,2), y en especial lo que dice la Regla bulada
al hablar del recurso espiritual de los hermanos (cf. 2R10,4-6). Y el
discernimiento es la primera cualidad de la radiografía espiritual,
que según Celano hace Francisco del ministro ideal: "A
él sobre todo, toca discernir las conciencias que se cierran,
y descubrir la verdad oculta en los pliegues más íntimos"
(2Cel 186).
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