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I. Significado del discernimiento espiritual
en la vida franciscana
Podríamos sintetizarlo en estos términos: el discernimiento
espiritual es esencial en la experiencia franciscana porque cristiana,
y apremiante y determinante porque franciscana.
En lo relativo al discernimiento Francisco se inscribe en lo nuclear
de la experiencia cristiana del discernimiento, tal como aparece esbozada
en el Nuevo Testamento, y particularmente en los escritos paulinos.
Para san Pablo el discernimiento define la identidad cristiana: ser cristiano
es vivir el seguimiento de Cristo en discernimiento (cf. Col 1,9-10),
que es un tiempo una actitud permanente e integral --el estilo de vivir
la existencia creyente, buscando siempre «lo bueno, lo perfecto,
lo que agrada al Señora: (Rom 12,1-2)--, y camino y expresión
de la madurez espiritual (Heb 5 11-14; cf. Ef 4,14-15).
San Francisco, como el apóstol, concibe al hombre espiritual como
aquel que asume la existencia en el discernimiento, y tal es la imagen
de Hermano Menor que perfila y presupone en la Regla.
La Regla concibe la vida de los hermanos, desde el momento mismo en que
llaman a las puertas de la fraternidad franciscana, bajo la libertad y
creatividad de la acción del Espíritu asumidas en discernimiento:
«Si alguno viniera a nuestros
hermanos queriendo, por divina inspiración, abrazar esta vida,
sea recibido benignamente por ellos» (1R 2.1;
cf. 2R 2,1; CC.GG 126). Llamar a las puertas de la fraternidad con el
propósito de «vivir según
la forma del santo evangelio» (Test 14) es
fruto de la “divina inspiración” acogida en discernimiento,
y signo de la disponibilidad al Espíritu del que llega y de su
voluntad germinal de vivir la existencia bajo el señorío
del mismo Espíritu.
Pero la apertura y la docilidad a «la divina inspiración»,
acogida en discernimiento, no es sólo un gesto germinal, sino que
constituye la fuente misma desde la que, según la Regla --y otro
tanto hacen las CC.GG. en su art 1,1-- los hermanos han de vivir en el
cada día su experiencia espiritual-vocacional. Y ello a niveles
distintos y complementarios:
a)
En primer lugar, porque según la Regla y las CC.GG.,
la aspiración máxima de los hermanos ha de ser "anhelar,
por encima de todo, tener el Espíritu del Señor y su santa
operación" (2R 10,8; cf. CC.GG. 32,2;
5,2), es decir, hacer morada en si al Espíritu del Señor'',
y dejarle hacer su obra en ellos para conducirlos en el camino del seguimiento
de Cristo.
El corazón y la cima de la experiencia humana, espiritual y vocacional
franciscana está, pues, en dejarse habitar por el Espíritu
del Señor, viviendo abiertos a su inspiración, y disponibles
a su acción. Y porque esto no es un simple principio ideal y teórico,
la Regla será totalmente consecuente con ello. Sírvanos
un texto particularmente explícito: el c. 16 de la Regla no bulada,
que, aunque titulado "Los que van
entre sarracenos", es la propuesta de lo que
podríamos llamar el "estatuto de la evangelización
franciscana" a todos sus niveles, y está como trasfondo y
define el modelo de evangelización franciscana en las CC.GG. (cap.
5):
- Punto de partida de la misma es la inspiración divina, acogida
en discernimiento por cada uno de los hermanos: "Todo
hermano que [por divina inspiración] quiera ir entre sarracenos
y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo"
(v.3);
- El discernimiento de cada uno de los hermanos ha de ser acompañado
y secundado por el discernimiento del ministro: "Y
el ministro deles licencia y no se oponga, si ve que son idóneos
para ser enviados, pues tendrá que dar cuenta al Señor
si en esto o en otras cosas procede sin discernimiento"
(v.4) (cf. CC.GG. 117,1; 118,1);
- Y este gesto inicial de discernimiento vocacional ha de verse prolongado
en una actitud permanente de discernimiento, que ha de configuraar el
modo de ser y actuar de los hermanos en toda circunstancia: los hermanos
que van -por el mundo, entre sarracenos- se han de comportar «espiritualmente»
(v. 5), es decir: según el Espíritu; y su concreto quehacer
evangelizador está, igualmente a merced del discernimiento: "cuando
les parezca que agrada al Señor anuncien la palabra de Dios (v.7),
y «esto y otras cosas que agraden
al Señor pueden decirles tanto a ellos como a otros"
(v.8).
b)
En segundo lugar, la docilidad a «la divina
inspiración" y el discenimiento constituyen la fuente misma
desde la que, según la Regla y las CC.GG. los hermanos han de vivir
en el cada día su experiencia espiritual-vocacional en razón
de la naturaleza misma de la Regla y CC.GG, y del proyecto en ellas descrito.
Y ello por tres razones principales:
- La primera, porque, en el seguimiento de Cristo-Siervo,
el proyecto de vida de los Hermanos Menores no se define desde un concreto
servicio o quehacer, sino desde una forma de vida evangélica,
articulada en torno a cuatro opciones principales: el primado de Dios,
la fraternidad la pobreza-minoridad, y la misión-evangelización;
y todas ellas son opciones prioritarias, lo que exige en la práctica
una especial vigilancia discernimiento para vivirlas armónicamente
en el aquí y ahora (cf. CC.GG.1,2);
- La segunda, porque el elemento configurador de la
forma de vida franciscana y sus concretas opciones-fuerza, es el radicalismo
evangélico, lo que refuerza, lógicamente, la exigencia
del discernimiento. En efecto el carácter desmedido de las exigencias
de la vida franciscana, calcada del radicalismo evangélico, es
enormemente frustrante para todo espíritu legalista y perfeccionista:
«Resulta imposible traducirlas a leyes concretas susceptibles
de un escrupuloso cumplimiento. No se las puede convertir en cuerpo
legal. Pero tampoco puede uno librarse de ellas. Siempre estarán
ahí como una astilla clavada en la carne, como un grito que impide
dormir... Siempre hay un algo más, un trayecto por recorrer;
jamás puede uno quedarse satisfecho del deber cumplido, porque
no se le pueden fijar límites, y porque de lo que se trata, en
definitiva es de entrar en una relación de amor», y el
amor es sin medida, e inventa continuamente su conducta buscando siempre
cómo agradar mejor a aquél a quien se ama.
- La tercera, y en relación directa con la
anterior: en razón del carácter mismo de la Regla y CC.GG.:
textos normativos de carácter inspiracional, que define la vida
franciscana no desde mínimos posibles sino desde máximos
ideales, a asumir siempre de manera contextual y procesual en el ejercicio
del discernimiento espiritual. La Regla, en su doble redacción,
-y otro tanto va dicho de las CC-GG.- da prueba de ello, dejando toda
una serie de decisiones al discernimiento personal; y así, mientras
nosotros hubiéramos esperado determinaciones pormenorizadas sobre
tantos aspectos de la vida, la Regla se limita a referir sencilla y
fielmente a Dios, con expresiones como éstas: «Como
el Señor les inspirare», «por divina inspiración»,
«con la bendición de Dios» (7
veces), «según Dios»
(2 veces); «espiritualmente»
(8 veces); «como le agrade»
(7 veces), «como les parezca
que conviene» (5 veces), y, por supuesto,
los verbos «pueden» «si
quieren»,..., expresiones todas ellas frecuentes
en la Regla (cf. 1 R 2,1.11.14; 8,11; 16,3-4; 17,2; 21,1; 2R 2,7.10;
4,2;10,4;10,9;12,2), con las que pone de relieve que la vida de los
hermanos no ha de ser dirigida por el literalismo de la ley, sino por
la creatividad del Espíritu, asumida en el discernimiento. Francisco
vuelve a la libertad del evangelio, hasta el punto de reclamar de los
hermanos la libertad y responsabilidad del propio discernimiento, y
de dar a éste el mérito de la obediencia (cf. CtaL).

Francisco acaricia un corderillo
c)
En tercer lugar: El discernimiento constituye la
fuente misma desde la que, según la Regla y las CC.GG. los hermanos
han de vivir en el cada día su experiencia espiritual-vocacional,
en razón de la figura que trazan del Hermano Menor: Siervo de Dios
y hermano espiritual. No entramos en particulares, pero, es evidente que,
estos dos son los rasgos característicos de la figura de Hermano
Menor que Francisco traza en la Regla, seguida por las CC.GG., en la que
llega incluso a definirle literalmente con estos mismo términos
(cf. 2R 5,4; 6,8), aunque es en las Admoniciones, que nos ofrecer la espiritualidad
de la forma de vida franciscana y su discernimiento, donde Francisco perfila
con mayor detenimiento estos trazos de la figura del Hermano Menor:
- Al designar a sus hermanos como «siervos de Dios», Francisco
pone de relieve cómo su vida ha de centrarse en vivir bajo su
Señorío. Y la primera cosa que se comprueba en las Admoniciones
en la descripción del Siervo de Dios como seguidor del Jesucristo
Siervo (cf. Adm 5,8) es que es «oyente fiel de la Palabra»
(K. Rahner), es decir, que está siempre atento a la escucha,
dispuesto a hacer inmediatamente suya la voluntad de su Señor
(ob-audiente) y, a querer lo que él quiere.
- El segundo rasgo que define de manera determinante la figura del
Hermano Menor en la Regla es el de «hermano espiritual»,
y ello, no sólo porque la suya es una fraternidad que no nace
de la carne ni de la sangre sino del Espíritu, que nos ha hecho
y dado hermanos, sino también, sobre todo, de una manera mucho
más radical: porque renunciando al espíritu de la «carne»
(cf. Adm 12), vive, en comunión con sus hermanos, siempre pendiente
del querer de Dios en su Espíritu.
Como conclusión de este primer apartado, hemos de decir, pues,
que si en la concepción tradicional de la vida franciscana ésta
estaba dirigida por la ley (interpretación jurídica de la
Regla, con sus preceptos) y, ocasionalmente por el discernimiento espiritual,
desde Francisco de Asís y la Regla, -y otro tanto podemos decir
desde el contexto sociocultural y eclesial en el que hemos de vivir la
fe y la experiencia franciscana (que marca los acentos de la subjetividad,
y la necesidad de vivir a la intemperie y en la irrelevancia la propia
vida) - se impone invertir los términos:
- aprender a vivir «desde dentro», descubriendo la fidelidad
a la verdad profunda del propio ser, no «desde fuera» en
función de esquemas ordenadores de conducta y ni siquiera desde
el deseo idealizado: ideales sí, pero desde la propia verdad;
- aprender a vivir en obediencia al Espíritu y secundar su obra,
por encima de nuestras resistencias y cansancios e, incluso, de nuestros
más nobles y evangélicos deseos, tratando de discernir
cuál ha de ser nuestro propio camino personal y comunitario de
vida franciscana, aquí y ahora, pues, con palabras de León
Felipe en uno de sus poemas de «Versos y oraciones del caminante»:
"Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana hacia Dios
por este mismo camino que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol
y un camino virgen Dios".
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