Apunte 8. El discernimiento espiritual.



42367

Introducción. Discernimiento evangélico. La experiencia del Espíritu.

Discernimiento franciscano en torno a los problemas de la vida actual.

a) Discernimiento.
b) Franciscano.
c) El hoy de la vida franciscana.

I.- Significado del discernimiento espiritual en la vida franciscana.

II.- Francisco de Asís, maestro de discernimiento.

1.- La experiencia del discernimiento.

a) La oración ante el Cristo de San Damián
b) La oración conclusiva de la Carta a toda la Orden (CtaO 52-54)

2.- Naturaleza y objeto del discernimiento.
3.- Marco de referencias del discernimiento.
4.- Sujetos del discernimiento.

a.- Cada uno de los hermanos.
b.- La fraternidad.
c.- Los ministros.

5.- Presupuestos del verdadero discernimiento.

a.- La sintonía con el Espíritu.
b.- La indiferencia espiritual.
c.- La identificación vocacional.
d.- Una mirada de gracia sobre la realidad.
e.- Una actitud básica de incondicionalidad.

III.- La praxis del discernimiento en Francisco de Asís.

1.- Principales criterios de discernimiento.

1.- La desapropiación.
2.- El amor gratuito.
3.- La humildad agradecida y solidaria.
4.- La verdadera alegría.

2.- Algunas reglas del discernimiento.
3.- Principales notas características del discernimiento en San Francisco.

a.- La inmediatez de la obediencia a la Palabra de Dios.
b.- El radicalismo evangélico.
c.- El primado de la praxis.
d.- El discernimiento desde las experiencias límite.
e.- La discreción.

IV.- Discernimiento del hoy en nuestra vida franciscana.

Discernimiento evangélico

El tema del discernimiento es de actualidad desde hace unos 25 años, porque vivimos inmersos en continuos cambios, en época de cambios: costumbres, ideas, valores, tradiciones, estructuras... todo está sometido a cambios. La Ilustración dio paso a algo nuevo: la fe quedó por debajo de la razón... Pero la Razón nos ha llevado a grandes catástrofes, a situaciones de violencia, durante el siglo XX (guerras, muertes, barbarie), hasta tal punto que ha llegado el momento de hacer crisis.

Hacia los 80 vino la postmodernidad. La hermenéutica se impone a la metafísica y trae consigo una dispersión de criterios, de valores, de creencias, que producen desorientación: ¿Dónde estamos, adónde vamos? Se escapan los referentes: ¿A qué nos agarramos? Se impone, pues, discernir. La vida práctica, y la realidad misma, nos preocupan y surge la desesperanza... En semejante ambiente la figura de Francisco es clave. Él, a pesar de los canonistas de la época, emerge y aúna libertad evangélica con fidelidad a la Iglesia, que viene de Cristo. Aunarlas ahora y hoy es un milagro. Éste es el contexto del discernimiento.

La libertad cristiana. La novedad aportada por el cristianismo fue la de la libertad con respecto a la ley divina y humana. Es tema central en el NT, y, asimilarlo así, es elemental, aunque no sea fácil de entender, y menos aún de asimilarlo. La dificultad está en que la autoridad religiosa tiene algo específico que no se da en las otras autoridades. Este algo específico consiste "en que viene de Dios", se basa en la fe, por ello, en una decisión libre. Y, si el acto de fe es libre, quiere decir que no se basa en una imposición que me obliga, ni tampoco en una evidencia. Y quien tiene esa autoridad sabe que el súbdito obedece "porque quiere obedecer". Mientras que ante la ley civil no cuenta la fe: es autoridad y basta, pagas o a la cárcel. Y, si quieres vivir en sociedad, te tienes que acomodar y aceptar sus condiciones.

Pero no es así en la Iglesia. Un ateo, o un agnóstico, no se organiza según la fe, ni según la autoridad eclesiástica o religiosa, que no tiene ese poder coercitivo. Para reforzar la autoridad religiosa se buscan medios: la presión sobre la conciencia, someterla a la obediencia, y así conseguir un funcionamiento. Precisamente, el tema de la obediencia/sometimiento se ha impuesto al del discernimiento y la fe. Pero es la fe el principio de la vida cristiana.

Jesucristo no teorizó sobre la libertad respecto de la ley, sino que la vivió. Aparece bien claro en san Juan, en la historia de la Pasión, en medio de la confrontación con los sacerdotes y con Pilato: `Tenemos una ley, y según ella debe morir". Jesús fue libre, vivió la libertad, la practicó. Inevitablemente tuvo que transgredir, y lo hizo cuando vio que era necesario, porque la libertad, en su praxis, es libertad frente a la ley divina. En Jesús la libertad está siempre al "servicio de la misericordia", no "de lo que me conviene". Recordad las escenas de curar en sábado, la de comer las espigas. La respuesta es la misma: "No es el hombre para el sábado (la ley), sino la ley (el sábado) para el hombre". "¿Qué está permitido: hacer el bien o hacer el mal, curar o dejar que uno se muera?". Toda interpretación de la ley que no soluciona las cosas, sirviendo a la vida, conduce a la muerte, es causante de muerte. Por eso desemboca en la muerte de Jesús. Con lo cual, no se predica la desobediencia a las leyes por comodidad o interés, sino por la dignidad de la vida de los hombres. Por misericordia.

La teología de la libertad es de san Pablo, para quien la libertad está siempre en función del amor (Rin. 13). Y san Pablo lo pone en relación con los mandamientos del Decálogo. Las expresiones son duras en la carta a los Gálatas, como cuando dice: "Los que se aferran a la ley han roto con Cristo".

Profesión de Clara a manos de Francisco

La experiencia del Espíritu.

"Somos lo que los demás (Iglesia, Orden, ambiente) quieren que seamos". Tenemos que disfrazarnos de nosotros mismos y ser lo que "quiero ser": dejar cargo, profesión, títulos, etc... Tenemos que quitarnos el disfraz del carnaval de la vida por la recuperación del Espíritu. Dicen los exégetas que muchas veces es difícil de traducir el término "espíritu" en san Pablo: ¿Se trata del Espíritu de Dios o del espíritu del hombre?

Debajo de esta imprecisión pretendida hay algo especial, y es que está ahí la percepción de una correlación entre ambos (Espíritu/espíritu). El Espíritu actúa y se hace presente en la vida de la persona e instituciones por el "espíritu del hombre". En la medida en que se da coherencia entre ambos espíritus, y unificación y armonía, entonces hay felicidad. En el hombre, que es carne y espíritu, se da mucha deshumanización. El Espíritu nos libra de ella, cuando buscamos los intereses ajenos, no los propios, y hace que nos humanicemos en la convivencia, en las relaciones, en las instituciones, como cuando:

  • la economía está al servicio de todos, de los más pobres,
  • el derecho está en función de la ley del más débil,
  • la política en favor de las necesidades de todos,
  • la Iglesia que no piensa en sus derechos, poderes, sino que pase por la vida dignificando las personas, humanizando, curando;
  • una Vida Religiosa que sea como en los tiempos de Francisco.

=Quien obra así es una persona con espíritu de discernimiento =.

Flp 1, 9-10: El apóstol pide "que el amor siga creciendo en penetración (comprensión) y sensibilidad a fin de discernir lo mejor". Quien no está encariñado con algo no comprende hasta el fondo, ni tiene sensibilidad (o tacto). En la escolástica el amor es una pasión y se estudia en el apartado de las pasiones. La "passio" es "motus sensibilis". Será la Reforma la que estropee la situación al romper la unidad, y peor todavía con "el pesimismo antropológico" de Lutero, influenciado por San Agustín, en cuyo libro de las Confesiones predomina el pesimismo. Tal pesimismo, pasado al campo del amor, lo mancha. (En este apartado hay un cambio profundo entre el humanismo griego y el latino, y en la versión de los términos griegos que expresan el amor -tres fundamentalmente- por uno que utilizamos nosotros. Pero en la fenomenología, no se pueden disociar el amor carnal y el amor espiritual, que no van en paralelo, sino que convergen. Amor es afecto, es cariño, caricias, besos, y esto entra por los sentidos. En su análisis, la escolástica del s. XVI dice que "el amor es la primera y la raíz de todas las pasiones".

Conclusión: Si el amor hacia los demás no impregna mi sensibilidad, querremos ideas, no personas. Es preciso impregnar la afectividad hasta que se haga como la sensibilidad de Jesús, que "sintió compasión en sus entrañas" (Mt 9,36; Mc 6,34; 8,2; gr. /splagnídso/). Los hombres de Iglesia sabemos mucho de caridad, acaso sabemos la idea, estamos enamorados de ideas, pero en comunidad no nos dirigimos la palabra... Amor y caridad. Querer personas concretas, rostros concretos.

El Espíritu (su presencia) se manifiesta en que nuestra intimidad más profunda se traduce en "epígnosis" (= reconocer como bueno) y en "aíscesis" (= sensibilidad), para discernir lo que es lo mejor. San Francisco intuyó ese amor de cariño, entrañable:... "como la madre nutre y ama" (Rb 6, 8). Cuando esto se da, produce connaturalidad, prontitud y facilidad para unas cosas y rechazo de otras. ¿Para qué cosas tengo sensibilidad que me lleve a esas tres cosas? Tener esa sensibilidad es como tener un "sexto sentido" para damos cuenta de lo que molesta o agrada.

Y esto se produce, ante todo, en relación con el Evangelio y la vida de Jesús: connaturalidad, prontitud y facilidad para hacer lo mismo. De este modo se es feliz y se hace felices a los demás. De ahí pasa a la sensibilidad con las personas entre las que se convive, que se interesan por mí, que tienen detalles, se preocupan...

Hay que insistir, pues, en la correlación entre Espíritu de Dios y espíritu humano, que ante el Evangelio producen la espontaneidad y la connaturalidad para estas cosas. Suele aparecer entre personas menos estudiosas y menos piadosas. Pero esto supone una interioridad intensa, no es fruto espontáneo de la naturaleza, sino que es gracia y don de Dios.

Basado en una conferencia de José María Castillo, S.J.