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Desarrollo C.
Con nuevos ojos
No queremos ni podemos conformarnos con las respuestas tradicionales.
Es bien probable que ya desde el principio de la Orden, las diversas comunidades
de la Familia Franciscana no hubieran entendido bien a fondo la propuesta
que Francisco y Clara quisieron transmitirles. También nosotros
nos hemos apartado del camino que ellos nos trazaron. Por eso vamos ahora
a intentar mirarlos con ojos nuevos y a hablar en un nuevo lenguaje sobre
nuestra misión.
1. Aceptar el desafío
Vamos a acudir a personas
ajenas a nuestra Orden, para que ellos nos digan quiénes fueron
--a su parecer-- Francisco y Clara, y lo que ambos han significado para
el mundo.
El pensador francés Ernesto Renán (1823-1892)
estaba convencido de que había tres momentos decisivos en la historia
de la humanidad: el nacimiento del Cristianismo, la Revolución
Francesa y el Movimiento Franciscano en el siglo XIII. Paul Sabatier,
estudioso e investigador protestante, a quien como Familia Franciscana
tenemos mucho que agradecerle, nos refiere lo que Renán le manifestó
al respecto:
"Al comienzo de mi trabajo, soñaba
con el proyecto de consagrar toda mi vida al estudio de tres épocas
históricas - ¡benditos sean los sueños de la juventud!
- Tales períodos son: el origen del Cristianismo, vinculado a
la historia de Israel, la Revolución Francesa, y la maravillosa
renovación religiosa emprendida por Francisco de Asís.
Desafortunadamente, sólo he logrado realizar el primer punto
de mi proyecto.
Dicho ésto, Renán se volvió
hacia un joven que parecía rebosar de salud, pero que poco después
murió a causa del exceso de trabajo. Dirigióse al muchacho
y le dijo: señor Leblond, usted será el encargado de reconstruir
la historia religiosa de la Revolución. Luego, se volvió
a otro señor - el propio Paul Sabatier - puso su mano sobre su
hombro para que no se le escapara, y le dijo: ¡Usted será
el historiador seráfico! ¡Cómo lo envidio! Francisco
siempre ha sonreído a sus historiadores. El proceso que él
desencadenó y las consecuencias que dicho proceso ha tenido en
los siglos posteriores jamás han sido suficientemente destacados
y comprendidos.
El fue quien salvó a la Iglesia del siglo
XIII y su espíritu permanece sorprendentemente lleno de vida.
Tenemos necesidad de ese espíritu. Si así lo deseamos
realmente, él volverá."
Efectivamente, Paul Sabatier llegó a ser uno
de los más importantes investigadores de nuestra historia franciscana.
A partir de sus escritos, la propuesta de Francisco es como un aguijón
clavado en la carne de la Familia Franciscana, e incluso en la carne de
toda la sociedad. No es puramente casual el hecho de que continuamente
se sigan publicando obras sobre la vida y el movimiento de Francisco.
Sin embargo, debemos preguntarnos si por ello hoy en día sabemos
realmente más sobre él. ¿Hemos comprendido en realidad
lo que Francisco y Clara nos han querido decir? ¿Acaso no deberíamos
dejarnos fascinar siempre de nuevo por su sonrisa?
Para citar otro ejemplo, ¿qué pensaba Voltaire
- el espíritu revolucionario de Francia - acerca de su patrono,
Francisco? En todo el mundo y hasta nuestros días se ha considerado
a Voltaire un ateo convicto por haberse distanciado de la forma tradicional
del Cristianismo vivido en su época. Con todo, él celebraba
cada año el 4 de octubre como la fiesta de su onomástico,
y se sentía muy a gusto en el convento capuchino de Gex y los mismos
hermanos a su vez, lo sentían como uno de ellos. ¿No sería
esto un signo de que Voltaire se sentía atraído por una
forma distinta de vivir su fe cristiana, precisamente la forma y el estilo
que Francisco y Clara habían vivido y propuesto?
La forma de vida a que nos referimos aparece muy bien descrita en una
de las más recientes obras publicadas sobre Francisco. Entre otras
observaciones interesantes se consigna allí la siguiente:
"Es particularmente gracias a las mociones,
visiones y utopías de un mundo nuevo y pacífico, referidas
a la salvación del mundo, como el franciscanismo conserva su
permanente actualidad, no solamente para los cristianos, sino también
para todas aquellas personas para quienes el destino del mundo y su
propia muerte individual no les resultan cuestiones indiferentes o sin
interés" (Feld 7).
Escuchemos ahora a otro testigo, el publicista alemán Walter
Dirks, quien después de la II Guerra Mundial indagaba
por una fuerza capaz de contribuir a la tarea de reconstrucción
del orden social, y fue así como se encontró con la Tercera
Orden Seglar fundada por San Francisco:
"Desde el principio - muy exageradamente
- la Orden Tercera fue vista como una Orden cerrada en sí misma,
afectada de un fuerte espiritualismo, como si no fuera más que
una especie de fraternidad piadosa. Lo más probable es que San
Francisco no haya tenido ninguna responsabilidad en este equívoco.
En realidad, la Orden Tercera debía haber llegado a ser un movimiento
capaz de renovar el mundo.
La vida religiosa, en su forma específicamente
franciscana, representada en la Primera y Segunda Orden, apuntaba directamente
a los ‘nuevos ricos’, así como San Benito ponía
su mira en los poderosos de su época a través de comunidades
fraternas de trabajo. En consecuencia, bien pudiera afirmarse que la
misión histórica específica de Francisco se concentró
en la formación de la Orden Seglar. El objetivo
a que apuntaba originalmente la Orden Tercera no era volver ‘piadosos’
a los pobres, o amantes de la pobreza; como tampoco intentaba hacer
‘piadosos’ a los ricos, encerrándolos en un sistema
de oraciones para que pudieran redimir sus almas. La finalidad de la
Orden Tercera, por el contrario, consistía en lograr
que los ricos fueran ricos de una manera cristiana. Con
todo, cabe la pregunta: ¿será realmente posible que un
rico se dedique en cuerpo y alma a sus tareas en el mundo, y pueda al
mismo tiempo seguir siendo un ‘buen cristiano’ o, mejor
aún, convertirse en un santo? Esta es la gran pregunta a la que
la Orden Seglar debe dar respuesta. Es la pregunta característica
de este siglo, el período de incubación del Capitalismo.
Originalmente, la Orden Tercera fue ideada como
una sencilla fraternidad cristiana, regida por un mínimo de reglas
elementales, y que debía cumplir su ‘misión religiosa’
en medio del mundo secular: en los negocios y quehaceres de los hermanos,
en sus matrimonios y en su vida de familia, en sus corporaciones, en
la política que practicaban en sus concejos municipales. Su tarea
consistiría en construir la sociedad burguesa dentro del ámbito
de la Iglesia.
Los ciudadanos debían hacer del ‘tiempo
moderno’ una época cristiana, convertir la historia profana
y espiritual de esa época en un capítulo de la Historia
de la Salvación de toda la humanidad. Esta Orden
Tercera ideal tendría que haber sido la razón de ser de
la Primera y la Segunda Orden. Por consiguiente, la Orden
Tercera debía haber cambiado la dirección de la historia
del mundo de una manera significativa. En esa forma habría correspondido
a la idea de Dios sobre el mundo moderno. Francisco, por lo menos, así
lo entendió. Mostró su desprecio por el dinero, al vislumbrar
muy lúcidamente que el dinero --este ídolo, fetiche del
siglo burgués-- con el paso del tiempo vendría a suplantar
al Dios crucificado y resucitado. Francisco se puso en la brecha frente
a un enemigo peligroso: su Orden Tercera, fortalecida por la oración,
por la fraternidad y por la triple inmolación ofrecida por la
Primera y la Segunda Orden a través de los votos religiosos,
estaba llamada a enfrentar cristianamente al dinero y al dominio que
éste de seguro vendría a cobrar.
Este proyecto no tuvo éxito y en este
sentido, Francisco históricamente fracasó, al igual que
San Benito. En la misma medida en que la práctica burguesa se
fue secularizando, la vida religiosa se fue espiritualizando.
Cuando ya los poderosos y ricos no sintieron
la necesidad de 'redimir sus almas' por medio del dinero, cuando su
emancipación se tornó autosuficiente y presuntuosa, y
se habían desprendido del cascarón de su pasado signado
por la Iglesia Cristiana, cuando los ricos y poderosos dejaron de tributar
a la Iglesia o se limitaban a hacer donaciones por puro ‘humanismo’,
la Orden Seglar se contrajo, quedando reducida simplemente a una fraternidad
piadosa de gente sencilla.
Cuando su misión original consistía
en poner su impronta en la historia de varios siglos, sólo consiguió
verse convertida en una sencilla asociación de personas devotas.
Este fracaso nos recuerda que también
el Cristianismo fracasó en la Edad Moderna" (Dirks,
págs. 177-181, texto abreviado).
De este texto se podrían sacar unas consecuencias exageradas e
inexactas:
- De acuerdo con lo dicho hasta ahora, la Orden Seglar significó
la verdadera razón de la vida de Francisco. Su misión
específica consistía en la santificación del mundo,
en la penetración de los sectores seculares por el Espíritu
Santo. Según el juicio de Dirks, la Primera y la Segunda Orden
tenían su única razón de ser en ofrecer
su apoyo a la Orden Seglar para que pudiera desenvolverse
a plenitud. La mira no estaba puesta en la renuncia al matrimonio, al
dinero y al poder --como lo exigen las Ordenes monásticas-- sino
justamente a la inversa, el propósito era dar al dinero su uso
apropiado y correcto, imponiéndole su justa distribución
en el mundo; se trataba de buscar el cuño cristiano que debía
darse al comercio, a la política, al matrimonio, para la construcción
de la ciudad terrena ...
- En su lugar, Dirks nos hace ver cómo la Orden Seglar terminó
por reducirse simplemente a una "asociación piadosa",
por lo que no representa en manera alguna el papel que debía
representar y más bien recae sobre ella de alguna manera la acusación
de complicidad con el ateísmo del mundo actual.
- Según el pensamiento de Dirks, también la Primera y
la Segunda Orden extraviaron su camino. Al igual que el Cristianismo,
el movimiento franciscano en general significó asimismo un fracaso
histórico.
- Frente a afirmaciones tan tajantes tenemos que precavernos de reaccionar
defensivamente, porque correríamos el riesgo de desconocer y
escamotear el desafío que se nos plantea. Volvamos más
bien a mirar la historia de Francisco y Clara desde esta nueva óptica.
En esta forma quizás podamos reencontrar nuestra misión
original.
2. La "secularidad" de la vocación franciscana
Vista de cerca, la vocación franciscana aparece realmente como
una vocación enteramente "secular". Y no únicamente
la "Tercera Orden Secular" (OSF = Ordo Saecularis Franciscanus)
es "secular", sino que lo son también la Primera y la
Segunda, si reparamos en sus orígenes.
2.1. ¿Qué se entiende por secular?
Antes de continuar en esta búsqueda, debemos hacer la mayor claridad
posible sobre el término "secular". Desde luego, "secular"
en este sentido no tiene nada que ver con "ateo" ni con "antirreligioso"
(cf. Apuntes 14); precisamente significa todo lo contrario. Quiere decir
que no es posible encontrar a Dios más que "en todas las cosas
de este mundo", en el "siglo", como bien lo dijo Ignacio
de Loyola: es decir, en las personas humanas, con sus preocupaciones y
necesidades, sus alegrías y esperanzas, en los animales, en las
plantas y en las piedras, en las situaciones concretas y en los problemas
y asuntos de la sociedad, en los acontecimientos y en las experiencias
de la historia. Entonces, el hombre religioso no tiene que irse al desierto,
ni subir a lo alto de una montaña a encerrarse en su universo interior
(sin que, por lo demás, nada ni nadie se lo impida!), para poder
buscar a Dios. Nadie tiene que abandonar el mundo para encontrar a Dios.
Esto es lo que nos enseña la Biblia, con cuya doctrina estamos
comprometidos.
En la historia de la Iglesia no es difícil detectar otra influencia
fuerte: la realidad está constituida por dos partes: el "mundo",
visto como algo inferior o incluso pernicioso, y el "espíritu",
que se considera como algo de mayor valor y hasta lo único realmente
valioso y bueno.
Vistas así las cosas, la única preocupación importante
consistiría en ocuparse exclusivamente en las cosas espirituales,
mortificando los sentidos, y despertando las fuerzas del espíritu,
huyendo del mundo, para poder entregarse por entero a Dios. Esta mentalidad
produce contraposiciones irreconciliables (= dualismo). Los ascetas de
los primeros tiempos del Cristianismo abandonaban las ciudades para refugiarse
en el desierto. Sus seguidores buscaban vivir una vida religiosa mediante
la renuncia a sus propiedades (= pobreza), a su propia voluntad (= obediencia)
y al disfrute de la sexualidad (= virginidad). Sin duda, estas tres expresiones
en que cristaliza la vida cristiana contienen muchos elementos positivos
y valiosos. Y por tal razón, implican para numerosos cristianos
hasta el día de hoy motivaciones y perspectivas fundamentales,
que conservan toda su validez.
2.2. El mundo como convento
A primera vista, Francisco y Clara parecen también estar marcados
por aquel espíritu dualista. Ayunan y se mortifican, se muestran
duros con su "hermano asno", su cuerpo, con una dureza tal que
hoy nos resulta casi incomprensible. Ambos "abandonaron el mundo".
Francisco empleó esta expresión para decir que el beso dado
al leproso significó el cambio radical que se produjo en su vida.
Con todo, este paso radical no lo convierte en un ser ajeno al mundo,
sino todo lo contrario.
Conviene que recordemos el pasaje en el que el propio Francisco describe
su conversión: "El Señor me dio de esta manera, a mí
el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como
estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor
mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia.
Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se
me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después de esto,
permanecí un poco de tiempo y salí del siglo" (Test
1).
En primer lugar, debemos resaltar el hecho de que Francisco descubre
a Dios en el mundo, en el abrazo de un pobre excluido, despreciado y miserable,
en brusco choque con la miseria social, que se le presenta en la persona
de un leproso. Lo que significa que Francisco rompe con un cierto tipo
de "mundo", el mundo marcado por la exclusión y la crueldad,
que seguirá como tal produciendo siempre nuevos "leprosos".
Y luego entra en otro mundo: un mundo marcado por la misericordia que
rescata al leproso y lo pone en el centro de la sociedad. Francisco aspira
a un mundo que elimine todas las formas de marginación y que permita
vivir la experiencia de Dios, tal como ocurre en un auténtico encuentro,
en un abrazo, en un beso.
Francisco, por tanto, no abandona el mundo, ya que lo entiende como el
lugar adecuado para la nueva forma de vida que ha adoptado; así
lo comprueba, por ejemplo, la nueva ley que propone a su fraternidad:
"Cuando los hermanos van por el mundo deben obrar según el
espíritu del Evangelio" (1Rg 14). Francisco mira a su fraternidad
como una comunidad en marcha, que no debía asentarse definitivamente
en ningún lugar, ni en las montañas ni en los valles, que
sólo debía hacer alguna parada para tomar reposo y reemprender
con nuevas fuerzas su camino.
En una leyenda maravillosa, escrita a mediados del siglo XIII por un
franciscano anónimo, llamada la "Alianza de San Francisco
con la Dama Pobreza" ("Sacrum commercium") la Dama Pobreza
suplicó a los hermanos que le mostraran su claustro. "Ellos
la condujeron a un monte, le mostraron toda la región que se podía
abarcar con la vista, y le dijeron: ‘Este es, Señora, nuestro
convento!’"(Com.63). El más famoso poema escrito por
San Francisco - el "Cántico del Hermano Sol" - no es,
en realidad, más que una transposición casi litúrgica
- en forma de himno - de una espiritualidad profundamente secular.
Por todo lo dicho, bien valdría la pena que intentáramos
leer todos los otros escritos de Francisco en esta clave "secular".
Comparemos, por ejemplo, la Regla no bulada con la "Carta a todos
los fieles". La "Regla no bulada" constituye el fundamento
de la Primera Orden, así como la "Carta a todos los fieles"
es la base de la Orden Seglar. En general, son pocos los pasajes de la
Regla que no pudieran indistintamente aparecer en la Carta, y viceversa.
Por lo demás, muchas expresiones son casi idénticas. Esto
nos obliga a concluir que tanto la Primera como la Tercera Orden, y muy
probablemente también la Segunda Orden, conservan la misma dinámica
espiritual: debemos buscar, encontrar y dar testimonio de Dios en el mundo.
En otras palabras, nuestra misión no consiste más que en
ser testigos de Dios en el mundo.
2.3. La enajenación de la vocación franciscana
El carácter secular de la vocación franciscana no pudo
mantenerse por mucho tiempo. Muy tempranamente surgieron corrientes opuestas
que lograron hacer retroceder el movimiento hacia los caminos tradicionales.
Tenemos, por ejemplo, la inclusión de los tres "consejos
evangélicos" en la Regla no bulada. Poco antes de que se escribiera
esta Regla, la Iglesia había reducido la vida religiosa a la práctica
de los así llamados "consejos evangélicos". La
Curia papal estaba tan fascinada con ellos que insistió en incluirlos
también en la Regla franciscana. Pero fue sólo unos cincuenta
años después, en la redacción definitiva de la Regla
franciscana, cuando la pobreza, la obediencia y la virginidad, conjunto
que recibió el nombre de "consejos evangélicos"
cobró una importancia absolutamente central, hasta llegar a ser
tenidos como elementos esenciales y constitutivos de toda comunidad religiosa.
Por su parte, los dos grandes teólogos, el franciscano San Buenaventura
y el dominico Santo Tomás de Aquino cumplieron un papel determinante
en la elaboración de la teología de los consejos evangélicos.
Sin desconocer que dicha teología se inscribe en lo mejor de la
reflexión de la Iglesia en torno a esta forma de vida cristiana,
no se puede pasar por alto, con todo, que de esta manera lo específico
de cada espiritualidad queda relegado a un segundo plano. Y así,
en lugar de testimoniar la "secularidad" de la vocación
franciscana, muy tempranamente los propios franciscanos comenzaron a acentuar
su distanciamiento del mundo, en atención a los consejos evangélicos.
La posibilidad de entender los consejos evangélicos en una clave
"secular" constituye una intuición que resurge apenas
en nuestra época. En los siglos pasados los consejos constituían
precisamente el muro que separaba a la Primera y Segunda Orden de la Orden
Seglar.
Muy pronto, el muro del claustro comenzó a ser parte de la Orden
Franciscana. En lugar de vivir en lugares "transitorios", como
lo había querido Francisco, las comunidades franciscanas comenzaron
a vivir en "conventos", edificios sólidos que parecían
auténticas fortalezas. Su separación del mundo, o de la
gente del mundo, se fue haciendo absoluta. El claustro se convirtió
en algo inexpugnable, particularmente para las hermanas Clarisas. Pero
se tienen suficientes indicios que comprueban que esta evolución
obedeció a presiones provenientes de la Iglesia jerárquica.
En particular, la Segunda Orden tuvo que atenerse a la Regla escrita por
el Cardenal Hugolino, futuro Papa Gregorio IX, Regla que dedicaba más
de la mitad a instrucciones relacionadas con la clausura. Tanto la Primera
como la Segunda Orden se vieron adaptadas al tenor de la vida monástica
conocida hasta entonces. Pero podemos afirmar con seguridad que no eran
esas las intenciones ni de San Francisco ni de Santa Clara.
A la imposición de la vida claustral siguió la "clericalización"
de la Primera Orden. Por su espiritualidad, Francisco es un laico, aunque
pertenece a la jerarquía eclesiástica en su condición
de diácono. Quiso que sus hermanos - como simples laicos - formaran
parte de la "base" de la Iglesia (cf. 2C 148), aún cuando
cumplieran misiones especiales. Debían vivir la radicalidad del
Evangelio en medio del pueblo: vivir la pobreza con los pobres, vivir
la fraternidad en comunidades concretas, anunciar la presencia de Dios
en las circunstancias comunes y corrientes de cada día y sentirse
unidos a todos los creyentes que deseen formar la Iglesia de Jesucristo
en todo el mundo.
Con el ingreso de los primeros sacerdotes, como el hermano Pedro Catáneo,
comenzó a romperse el esquema de vida. La admisión de clérigos
tomó su propia dinámica y fue dando otra fisonomía
a la comunidad; al multiplicarse su número los sacerdotes se fueron
imponiendo en todos los niveles de la vida franciscana. Francisco no ocultó
su contrariedad frente a esta evolución, pero a poco de su muerte,
algunos de los hermanos fueron consagrados como obispos y llegaron incluso
a ser elegidos como Sumos Pontífices. Así se llegó
a una completa des-secularización, en contraposición de
la intención original de Francisco.
Sin duda, Francisco nunca pudo prever este desarrollo. Por el contrario,
él creía que los sacerdotes que ingresaran a la fraternidad
estarían dispuestos a someterse a este espíritu de completa
dedicación a lo secular, que él había descubierto
y vivido. La dinámica de nuestro tiempo permite abrigar la posibilidad
de redescubrir la intención original de Francisco.
De la misma manera, la Orden Seglar se fue alejando cada vez más
del mundo secular. En aquellos lugares en donde llegó a conformar
comunidades estables comenzó también a erigir muros y clausuras.
Estas pocas indicaciones deberían bastar para justificar la exigencia
de "volver a nuestros orígenes". Empeñémonos
en rescatar, como Familia Franciscana, nuestra original espiritualidad
secular, ya que ella sigue siendo, por encima de todas nuestras diferencias,
nuestro vínculo de unidad y nuestra carta de identidad.

Bernardo de Quintaval se desprende de sus bienes
2.4. La devoción a la Navidad del Señor en San
Francisco y en Santa Clara
Para redescubrir nuestro espíritu "secular" debemos
preguntarnos por la razón que llevó a Francisco a considerar
la Navidad como "la fiesta de las fiestas" (2C 199).
Muchos teólogos juzgan que esta afirmación es toda una
aberración de la piedad popular. Para ellos, la Pascua (desde el
Viernes Santo hasta Pentecostés) constituye el clímax del
año litúrgico. Y desafortunadamente en muchos lugares, la
Fiesta de Navidad no es más que un acontecimiento folklórico
y sentimental, sin compromiso ninguno, un cierto escape de la realidad
hacia un mundo armonioso y tierno, que nada tiene que ver con la realidad
de la vida del pueblo.
Sin embargo, la Navidad puede verse desde otro ángulo. El teólogo
franciscano Duns Scoto parte de la teología del amor de Dios. Dios
es el amor en un grado tal que no se puede pensar en El como soledad o
unicidad. Por eso Dios no es "el ser que existe por sí y para
sí mismo" como lo expresaron algunos filósofos. Dios
es, por el contrario, total donación, entrega absoluta, y por eso
quiere un mundo en el que todas las criaturas sepan amarse a sí
mismas y a las demás, un mundo interdependiente, como una red,
una realidad definida por sus relaciones mutuas y no por cualquier clase
de limitaciones o separaciones. Por este motivo, Dios mismo se hace presente
en una forma sorprendente e inigualable, en un hombre, Jesús de
Nazareth. Por El, Dios quiere amar a todo el mundo y ser amado por todos.
Todos deben reconocer dónde está su centro, para poder crecer
continuamente en la unidad del amor.
Es esta la razón por la cual Francisco celebra la aparición
de Dios en el mundo. Para él, Dios es la encarnación de
la humildad, aquel que se da a conocer en las cosas más insignificantes:
en un niño que nace en un establo, en medio de los desamparados
que no tienen refugio ni hogar, que sufren pobreza y miseria, en todas
las situaciones de necesidad apremiante, resultantes de una economía
y una política que ven como algo natural la existencia de refugiados
y exiliados, de pobres y leprosos, como efectos secundarios e inevitables.
Dios nos invita a buscarlo entre los pobres, en medio de las criaturas
hambrientas y afligidas, entre los seres humanos y los animales. Es esta
visión la que lleva a Francisco a pedir al Emperador y a "todos
los gobernantes de los pueblos" de todo el mundo a dictar leyes que
reconozcan esta realidad. Para él, la fiesta de Navidad debe dar
el impulso para poder vencer la pobreza y el hambre o, en otras palabras,
constituye el fundamento de la verdadera humanización del hombre.
La Navidad se proyecta en la Eucaristía: "Dios se humilla
todos los días", y se deja sentir de todos al entrar en un
simple pedazo de pan, compartido por los que creen en él (Adm 1);
su deseo es que los hombres vuelvan a reunirse diariamente en torno a
su presencia; nadie debe aferrarse a sus intereses egoístas, nadie
debe encerrarse en el refugio de sus conveniencias, todos debemos salir
de nuestros rincones y reencontrarnos nuevamente con los demás
y con todo el mundo: el mar, los campos, la tierra y el cielo, todo ha
de reconciliarse y llenarse de nueva vida (7Ct) y así la "sagrada
comunión" (Pn) que hay en el cielo se hará visible
y reconocible aquí en la tierra.
La Navidad significa una inversión de valores y una transformación
radical del comportamiento de los hombres: lo que parece pequeño
e insignificante tiene que verse como grande e importante, y lo que se
tiene por importante y valioso, ha de verse como cosa sin mayor valor.
Dios no piensa como los hombres. Para El, los leprosos están en
el centro, y los poderosos deben cederles su sitio. La Familia Franciscana
está llamada a proponer al mundo la revolución celebrada
y cantada por María en su "Magníficat".
Así es como Dios se une indisolublemente al mundo. Y sólo
aquellos que siguen las huellas de Dios, asumiendo el mundo para transformar
todo en bien, están de parte de Dios. En este sentido, la Cruz
y la Resurrección significan la concretización, la culminación
y la consecuencia de esta actitud de Dios. Para todos aquellos que creen
y dan fe de esta Religión de la Encarnación, Dios se convierte
en la fuerza histórica que transforma la realidad.
Francisco define en una de sus cartas a los creyentes como "madres
de Dios". También nosotros podemos, lo mismo que María,
concebir a Dios, llevarlo en nuestro corazón y darlo a luz por
medio de nuestras buenas obras. Podemos contribuir por nuestra parte a
hacer presente y visible a Dios en el mundo de tal manera que todos lo
puedan experimentar (cf. 4Cta-b, 53).
Clara de Asís testimonia también a su
manera el misterio de la Encarnación de Dios. Ella se apropia de
esta experiencia mística de su amigo Francisco y la profundiza,
hasta alcanzar en su experiencia interior un punto culminante, cuando
escribe a su amiga Inés de Praga:
" ... y ama totalmente a quien totalmente
se entregó por tu amor; a Aquel cuya hermosura admiran el sol
y la luna, cuyos premios no tienen límite, ni por su número
ni por su preciosidad ni por su grandeza; a Aquel - te digo - Hijo del
Altísimo, dado a luz por la Virgen, la cual permaneció
virgen después del parto. Adhiérete a su Madre dulcísima,
que engendró un tal Hijo: los cielos no lo podían contener,
y ella, sin embargo, lo llevó en el pequeño claustro de
su vientre sagrado, y lo formó en su seno de doncella" (3
Cta Cl 3).
El que es infinitamente grande se hace limitado, el inalcanzable se hace
cercano y tangible. Clara retoma aquí y se inspira en un antiguo
himno que canta a María:
"Quem terra, pontus, aethera,
Colunt, adorant, praedicant,
Trinam regentem machinam
Claustrum Mariae bajulat" |
"Aquel a quien la tierra, el mar y el aire
celebran, adoran y proclaman,
Aquel, Señor de todos los mundos
en el vientre de María se alojó" |
Detengámonos un poco en este pensamiento de la libre decisión
de Dios de hacerse limitado, ya que él constituye un elemento absolutamente
central en la fe cristiana. La misma creación ya es un acto de
limitación: Dios se aparta, se limita para dar espacio a las criaturas,
para que pudieran tener una historia propia, para que los hombres pudieran
vivir su libertad. Cuando Dios se revela, se somete a su propia creación,
se pone en manos de los hombres, se torna cercano, haciéndose presente
en todo aquello que ya no es Dios.
Clara lleva este pensamiento hasta sus últimas
consecuencias:
"Pues es clarísimo que, por la gracia
de Dios, la más noble de sus criaturas, el alma del hombre fiel,
es mayor que el cielo: los cielos, con las demás criaturas, no
pueden abarcar a su Creador: pero el alma fiel - y sola ella - viene
a ser su morada y asiento, y se hace tan sólo en virtud de la
caridad, de la que carecen los impíos. Así lo afirma la
misma Verdad: ‘Quien me ama, será amado por mi Padre, y
yo lo amaré, y vendremos a él, y moraremos en él’
(Jn 14,23)" (3Cta Cl 4).
Lo que se dio en María en una forma biológica e histórica,
sigue siendo una posibilidad real en el nivel místico-espiritual
para todo cristiano que tenga realmente fe: la conciencia de la cercanía
de Dios, la encarnación de Dios, la presencia y experiencia de
Dios en el hombre y entre los hombres. En este sentido, Clara
escribía a Inés:
"La gloriosa Virgen de las vírgenes
lo llevó materialmente; tú, siguiendo sus huellas, principalmente
las de la humildad y la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre,
fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal; de ese modo contienes
en tí a quien te contiene a tí y a los seres todos, y
posees en El el bien más seguro, en comparación con las
demás posesiones, tan pasajeras, de este mundo" (3 Cta Cl
4).
Podemos así, con toda razón, decir que también para
Santa Clara el objetivo de la Encarnación de Dios es el mundo,
todo el universo.
2.5. La perspectiva de la Orden Seglar
Francisco comienza su carta dirigida a las hermanas y los hermanos de
la Orden Seglar con esta visión mística, como si quisiera
decir: es ésto lo que vosotros, hermanas y hermanos deben propagar
en todo el mundo: Dios se ha unido efectiva y profundamente con la carne
de nuestra frágil condición humana. Por eso ya no existe
ninguna miseria, ninguna impotencia o debilidad que no tenga que ver con
Dios. Los pobres son los primeros y directos destinatarios del amor de
Dios. Su amor es un amor ilimitado e incondicional; cada eucaristía
y cada crucifijo es signo y testimonio de este amor. Esta conciencia debe
ser la característica fundamental, tanto de la Orden Seglar, como
de las Ordenes Primera y Segunda. A pesar de todas las diferencias que
puedan presentarse entre las distintas Ordenes, la Encarnación
de Dios tiene que ser el vínculo distintivo, su perspectiva más
fascinante. Para comprobar la fuerza de esta afirmación miremos
atentamente sus palabras:
"Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo
y glorioso, anunciándolo el altísimo Padre del cielo fue
enviado por medio del santo ángel Gabriel, desde el cielo al
seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió
la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad. Y, siendo El sobremanera
rico (2 Co 8,9) quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre,
escoger en el mundo la pobreza.
Y poco antes de la pasión celebró
la Pascua con sus discípulos, y, tomando el pan, dio las gracias,
pronunció la bendición y lo partió, diciendo: ‘Tomad
y comed, esto es mi cuerpo (Mt 26,26). Y, tomando el cáliz, dijo:
‘Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada
por vosotros y por todos para el perdón de los pecados’
(Mt 26, 27).
A continuación oró al Padre, diciendo:
‘Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz’.
Y sudó como gruesas gotas de sangre que corrían hasta
la tierra (Lc 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad
del Padre, diciendo: ‘Padre, hágase tu voluntad’
(Mt 26,42) no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’
(Mt 26,39). Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso
Hijo, a quien nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien,
se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de
su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por
quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos
ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. 1 Pe 2,21). Y quiere que todos
seamos salvos por El y que lo recibamos con un corazón puro y
con nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y
ser salvos por El, aunque su yugo es suave, y su carga ligera (cf. Mt
11,30)" (2 CtaF 4-15).
2.6. La tarea misionera
Francisco fue el primero entre todos los fundadores de Ordenes religiosas
en señalar claramente en la Regla la tarea misionera como un elemento
básico, no encomendada primeramente a los clérigos, sino
a los hermanos en general (y podemos suponer que también a las
hermanas) aunque no sean sacerdotes. Francisco considera la predicación
de los laicos como la forma original de anunciar el Evangelio "entre
los sarracenos".
Vale la pena comparar la estructura de la predicación (exhortación
que se confía a los seglares) (1 Rg 21), con el texto de la predicación
destinada a los que serían enviados oficialmente "a los sarracenos"
(1 Rg 16,6). Ambos textos concuerdan totalmente.
En otras palabras, la expresión "entre los sarracenos"
indica que la exhortación propuesta a los seglares debía
hacerse entre culturas extrañas y en los lugares de misión
- como se decía anteriormente - o sea, en contextos sociales hasta
entonces desconocidos.
Tal predicación buscaba preparar al pueblo para los sacramentos
que luego serían administrados por los sacerdotes, pero la intención
de Francisco era mostrar que ella constituye la primera y más importante
tarea de los hermanos menores, y, con seguridad, de todos los hermanos
y hermanas, sin tener en cuenta el Orden a que pertenecieran. Esta intención
se hace más evidente al meditar todo el pasaje de la Regla
no bulada, en el que Francisco manifiesta:
"Los hermanos que van entre los sarracenos
y otros infieles, pueden comportarse entre ellos espiritualmente de
dos modos. Uno, que no promuevan disputas y controversias, sino que
se sometan a toda criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son
cristianos. Otro, que cuando les parezca que agrada al Señor,
anuncien la palabra de Dios" (1 Rg 16,5ss).
Esta forma de entender la misión es absolutamente revolucionaria,
aún cuando muchas comunidades franciscanas hasta el día
de hoy apenas lo han reconocido y actuado en consecuencia. Se trata simplemente
de estar en medio del pueblo. ¿No será, acaso, que la misión
no es más que el eco distante de la promesa de Dios: "Yo soy
el que soy" (Ex 3,14)?
O, para decirlo en términos neotestamentarios, ¿la misión
no será simplemente el atestiguar a un Dios que se encarnó
totalmente al tomar plenamente la condición humana? Porque la encarnación
significa la decisión de someterse, de insertarse, de ser reconocido
por los hombres y de entrar en su cultura y en todo el espacio de la creación.
Se trata de vivir y actuar, de estar presentes, sin el menor espíritu
de discusión ni controversia, libres de todo interés de
conquista, más bien en la dinámica del propio Dios hecho
hombre, a quien a la hora de su nacimiento los ángeles cantaron
la canción de la paz. Esta disposición de espíritu
es básicamente "secular", porque hace posible la encarnación
de Dios en el corazón del mundo, la auto-destrucción por
causa del amor, y la renuncia absoluta a toda forma de poder. En esto
consiste la misión fundamental de todo cristiano, en primer lugar
del laico, pero también de los clérigos.
3. Evangelización
El término "Evangelización" tal como lo venimos
entendiendo desde hace algún tiempo, en el fondo no puede significar
otra cosa que dar testimonio del Dios-hecho-hombre en todos los lugares
y en todas las realidades del mundo.
El movimiento franciscano como vanguardia
En la proclamación oficial del Concilio ("Humanae salutis"),
el 25 de diciembre de 1961, el Papa Juan XXIII expresaba:
"La exigencia fundamental que se hace hoy
a la Iglesia es que sepa poner a la humanidad actual en contacto con
la fuerza invencible, vitalizadora y divina del Evangelio".
El Consejo Plenario de la Orden Franciscana, reunido en 1983, en Salvador
(Bahía, Brasil) definió el lugar que ocupa
el movimiento franciscano en la Iglesia con palabras extraordinariamente
audaces:
"Como Hermanos Menores estamos llamados
a ser ‘la vanguardia evangelizadora’, dentro de una Iglesia
que debe encarnarse y renovarse constantemente. En consecuencia, debemos
estar muy atentos a tener una gran sensibilidad hacia todas las mociones
que el Espíritu Santo provoca, tanto dentro como fuera de la
Iglesia. Sin dejar de servir a los fieles, vemos la necesidad de llegar
hasta aquellas personas a quienes aún no ha llegado la noticia
del Evangelio, y hasta aquellas otras que se han alejado de él
por la forma tradicional en que les ha sido presentado" (Bahía
1983,17).

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