Calidad de vida franciscana


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La calidad de nuestra vida está determinada por la conversión al Evangelio

La calidad de la vida abarca a la persona entera en todas sus dimensiones: personal, fraterna y misionera. 

Por lo que respecta a la dimensión personal, la calidad de la vida exige caminar con autenticidad, en la transparencia, en la verdad consigo mismo. La calidad de la vida es incompatible con la "doble vida" o con las consecuencias que se producen en la "cultura del celofán" y de la superficialidad. Exige un trabajo a un nivel profundo, a nivel de sentimientos, a nivel de las actitudes, que después se traducen en comportamientos. 

Respecto a la dimensión fraterna, la calidad de la vida supone, para nosotros Frailes Menores, una relación interpersonal basada en la familiaridad (cf Rb 6,7), en la igualdad, en el perdón recíproco, en el respeto y en la aceptación de la diversidad, en la comunicación profunda y en el desarrollo de las virtudes humanas que caracterizan una relación "sana" con los otros. 

Respecto a la dimensión evangelizadora o misionera, la calidad de la vida fraterna exige testimonio y coherencia; búsqueda constante de nuevas formas de evangelización y de nuevas presencias; una formación permanente e inicial adecuada a las situaciones históricas que estamos viviendo; una preparación sólida intelectual y pastoral y opciones de vida y de misión en consonancia con nuestro ser de menores. 

Presupone el "salir del siglo", o sea, salir de la mentalidad del mundo para empeñarse en el seguimiento de Cristo, para radicarse en Cristo viviendo las Prioridades de la Orden, que no son otra cosa que las prioridades contenidas en la Regla y en las Constituciones generales. Dicho de otro modo: presupone necesariamente la fidelidad a cuanto hemos prometido en la Profesión: "Observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad" (Rb 1,1), para "seguir más de cerca las huellas de Jesucristo". Considero necesario insistir en esta fidelidad. 

Vemos, especialmente, la necesidad de no domesticar las palabras proféticas del Evangelio para adaptarlas a un estilo de vida cómodo", a una vida mediocre. Debemos, más bien, llamar constantemente a la conversión y suscitar en los hermanos la urgencia evangélica de convertirse y creer en el Evangelio (cf Mc 1,15) que hemos profesado, a caminar detrás de Cristo, cosa que, entre las otras exigencias, comporta "encontrar el primer amor, la chispa inspiradora por la que se inició el seguimiento.

Fr. José Rodríguez Carballo, aparecido en Fraternitas nº 95.

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